Por Marta Hita  -  El 13 ene, 2012 -  0 comentario(s)

Ya se han apuntado numerosos beneficios de incorporar redes sociales internas en las empresas. Algunos de los más citados son la reducción de los costes de comunicación, el incremento de la creatividad y el rendimiento individual, y la mejora en el sentimiento de pertenencia y el conocimiento colectivo.

Sin embargo, todavía hay quien cree que estos sistemas son ‘las nuevas Intranets’ o presentan diferencias casi imperceptibles respecto a gestores de proyectos como Basecamp o Doolphy.

Aunque puedan existir puntos de conexión, las redes sociales internas se diferencian de las alternativas anteriores en que no están diseñadas para estructurar trabajo, planificar recursos y hacer seguimiento de tareas. El objetivo es generar sinergias y vínculos entre los trabajadores de una empresa. Y esto es especialmente valioso en plantillas de medianas y grandes compañías, donde la presencia individual tiende a ser opaca. En según qué entornos laborales es complicado conocer el perfil profesional (e incluso la identidad) de todos los compañeros.

Abrir un punto de encuentro para compartir información sobre intereses comunes personales o profesionales e interactuar con ellos agilizará las comunicaciones transversales y estimulará las relaciones cooperativas. Además, evitará la incómoda situación de compartir mesa durante una comida de empresa con un compañero del que no sabes absolutamente nada, y la tensión que genera elegir correctamente el asunto para un email en el que quieres anunciar que es tu cumpleaños, y has traído al trabajo un bizcocho que dejas en la cocina a disposición de todos.

En cualquier caso, tampoco hay que perder de vista algunas consideraciones no tan positivas:

  1. No hay consenso sobre a quién compete la responsabilidad de dirigir este soporte dentro del organigrama. Gestionar una comunidad interna en la empresa requiere funciones tanto de recursos humanos, como de comunicación o analítica.
  2. Al menos en mercado español, las grandes corporaciones son todavía empresas generalmente tradicionales, donde el capital humano presenta una menor digitalización y una mayor resistencia al cambio.
  3. Hay que ser extremadamente cauteloso en la implantación: plantearlo como una tarea más obligará a que haya que destinar recursos estructurales y tiempos de dedicación, lo cual puede entrar en conflicto con las necesidades de producción, que son prioritarias.

No obstante, las oportunidades van más allá de las fronteras de la empresa. Estas comunidades pueden ser útiles para optimizar las relaciones entre stakeholders.

Ya empiezan a aparecer proyectos en los que las marcas quieren generar espacios sociales e involucrar a trabajadores, accionistas, clientes, proveedores, partners… Para ello utilizan tanto soluciones de terceros  (Yammer, Convofy…) como plataformas ad hoc.

Habrá que ver si se consolida la tendencia. ¿Creéis que será así?

 

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